Nota de opinión publicada en Página12, 18 de agosto de 2026.
En julio de 1839, José de San Martín escribió a Juan Manuel de Rosas sobre el bloqueo francés al Río de la Plata: “[…] lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española […]”.
Ese “espíritu de partido” no significaba borrar las diferencias políticas, sino saber dónde terminaban. Años antes, el Libertador había propuesto para administrar la Aduana de Cuyo a Juan Francisco García, “un capital enemigo mío”, porque atendiendo al “bien del Estado” lo consideraba el más apto. San Martín podía tener enemigos propios sin convertirlos en enemigos de la Patria.
Casi dos siglos después, aquella frontera vuelve a desdibujarse. Milei viajó en julio a San Pablo para acompañar el lanzamiento presidencial de Flávio Bolsonaro y volvió a atacar a Lula y a las instituciones brasileñas. La escalada tuvo consecuencias diplomáticas y Brasil redujo su representación en nuestro país al nivel de encargado de negocios. El problema es que nuestro vecino no constituye una relación circunstancial para la Argentina. Es nuestro principal socio comercial y atraviesa nuestra estructura productiva, desde la integración automotriz hasta el Mercosur.
Perón pensó el mismo problema en otro mundo. En 1954 advirtió que “la política internacional desciende en su nivel de dignidad para convertirse en un asunto de política doméstica”. Apuntaba precisamente contra la tentación de trasladar las disputas, conveniencias y pasiones de la política interna al terreno de las relaciones entre Estados. Por eso, incluso después de chocar con Itamaraty, siguió trabajando por la articulación con Brasil. Entendía que los países podían tener diferencias y conflictos, pero que sus intereses permanentes debían imponerse a las preferencias circunstanciales de quienes los gobernaban.
Milei puede tener amigos y adversarios. El problema comienza cuando pretende convertirlos en amigos y adversarios de la Argentina. Brasil parece cercano cuando el interlocutor es Bolsonaro y hostil cuando gobierna Lula. Una afinidad circunstancial termina así desestabilizando una relación permanente. El resultado es una política exterior que pierde continuidad y capacidad para defender intereses propios, porque empieza a cambiar al ritmo de elecciones ajenas.
El riesgo adquiere otra dimensión cuando se mira hacia dónde va el mundo. Según un índice elaborado por economistas de la OMC y el FMI, entre enero y mayo de 2026 la actividad mundial de política comercial casi duplicó el promedio de 2024 y superó en un 25% el de 2025[1]. El aumento estuvo impulsado principalmente por medidas restrictivas, junto con una expansión de subsidios y otras intervenciones estatales. La propia OMC advierte que el comercio se utiliza cada vez más con objetivos industriales y de seguridad, afectando cadenas de suministro y disputas geopolíticas. Mientras las principales potencias vuelven más estratégica su política económica, la Argentina corre el riesgo de volver más ideológica su política exterior.
Este 17 de agosto, San Martín vuelve a interpelarnos y está bien que nos incomode. No alcanza con denunciar los insultos de Milei ni con proclamarnos latinoamericanistas. Tomarse en serio esa enseñanza exige construir una política de Estado hacia Brasil, discutir integración productiva, energía, infraestructura y tecnología, pero también cómo facilitar los trámites personales y familiares para quienes trabajan y se mueven entre ambos países. También exige discutir el futuro del Mercosur y de las posiciones comunes frente a un mundo más áspero. Para llevar a la Argentina a buen puerto se necesita distinguir partido y Nación, afinidad e interés, gobierno y Estado.
San Martín llamó “indigno espíritu de partido” a esa incapacidad de poner, por encima de la disputa interna, los intereses superiores de la Patria. Dos siglos después, elevar la mirada hacia esos intereses sigue siendo nuestra tarea política.
[1] https://www.wto.org/english/news_e/news26_e/rese_23jul26_463_e.htm
(*) OPEIR (Observatorio del Pensamiento Estratégico para la Integración Regional) está integrado por Carlos Tomada, Carlos López López, Braulio Silva Echevarría, Mariano Kestelboim, Carlos Raimundi, Ariel Lieutier, Rubén Pascolini, Luciano Anzelini y Marcelo Granitto.
