Con la clase “Desarrollo Territorial y Defensa Nacional” continuó el módulo de Defensa Nacional y Soberanía de la Diplomatura Universitaria en Formación Política para la Integración Regional Latinoamericana 2026. La jornada contó con las exposiciones del Arq. Héctor Rubén Pascolini, subsecretario de Hábitat de la Comunidad de la Provincia de Buenos Aires, y del Coronel (R) Mg. Fernando Di Palmo Scarzella.
En la primera parte, Pascolini propuso analizar la estrecha relación entre soberanía, territorio y modelo de desarrollo. El territorio, señaló, no constituye simplemente una superficie delimitada en un mapa: es una construcción histórica atravesada por relaciones políticas, económicas y sociales. La soberanía supone, por lo tanto, capacidad efectiva para gobernarlo, poblarlo, organizarlo y decidir sobre sus recursos.
Rubén puso el foco en las profundas asimetrías territoriales de la Argentina. Un país de enorme extensión, con recursos naturales estratégicos y una población altamente urbanizada, presenta al mismo tiempo una fuerte concentración demográfica y productiva en torno al área metropolitana y amplias regiones escasamente pobladas. Para Pascolini, este desequilibrio no es natural, sino el resultado histórico de modelos extractivos y centralistas que organizaron el territorio en función de la salida de materias primas y limitaron la consolidación de un verdadero federalismo económico.
Frente a ese escenario, reivindicó la necesidad de recuperar la planificación estratégica territorial. “Si no planificás vos, planifica el otro”, sintetizó durante la exposición. Para Rubén, un proyecto nacional debe garantizar condiciones para vivir y producir en todo el territorio, fortalecer el federalismo, reinvertir los excedentes allí donde se generan, sostener una inversión pública de largo plazo y asumir la integración sudamericana como una plataforma para ampliar la soberanía.
La segunda parte estuvo a cargo de Fernando Di Palmo Scarzella, quien abordó la relación histórica entre defensa, infraestructura y desarrollo territorial. Desde la cartografía y la hidrografía hasta los ferrocarriles, los puertos, las comunicaciones y la industria, las capacidades construidas para la defensa tuvieron en distintos momentos importantes efectos sobre la integración económica y territorial del país.
Fernando condensó esa relación en una idea central: “un territorio desarrollado es, en determinadas condiciones, también un territorio más defendible”, mientras determinadas inversiones requeridas por la defensa pueden producir importantes beneficios para el conjunto de la sociedad. De allí surge la importancia de las capacidades de uso dual, es decir, infraestructura, tecnología y conocimientos que fortalecen simultáneamente las capacidades militares y el desarrollo civil.
Pensar esa relación en el siglo XXI exige mirar hacia corredores estratégicos de movilidad, recuperación ferroviaria, infraestructura patagónica, puertos y Atlántico Sur, presencia antártica, cartografía digital y sistemas de infraestructura más resilientes. La cuestión no pasa únicamente por construir obras, sino por identificar qué infraestructura resulta crítica para conectar el territorio, sostener la producción y garantizar capacidad de respuesta ante escenarios estratégicos o emergencias.
Di Palmo remarcó, sin embargo, que esta participación debe tener un carácter subsidiario: las Fuerzas Armadas no deben convertirse en una empresa constructora ni sustituir de manera permanente a los organismos civiles. El objetivo es aprovechar aquellas capacidades militares que pueden contribuir al desarrollo territorial mientras, al mismo tiempo, mejoran la capacidad de defensa del país.
La clase permitió así pensar al territorio como una dimensión central de la soberanía. Ocuparlo, integrarlo, conectarlo, desarrollar sus capacidades productivas y planificar su infraestructura también forman parte de la construcción de autonomía nacional. En un país bicontinental, con enormes recursos y fuertes desequilibrios internos, desarrollo territorial y defensa aparecen como dimensiones diferentes, pero profundamente interdependientes, de un mismo proyecto nacional.
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Con la clase “Defensa Nacional e Instrumento Militar” comenzó el módulo de Defensa Nacional y Soberanía de la Diplomatura Universitaria en Formación Política para la Integración Regional Latinoamericana 2026. En esta oportunidad, el encuentro se desarrolló de manera virtual y contó con las exposiciones del Coronel Mayor (R) Marcelo Granitto y del Dr. Luciano Anzelini.
En la primera parte, Granitto propuso pensar la defensa nacional como un sistema en el que se articulan soberanía, política, estrategia y gestión. La defensa, sostuvo, no puede reducirse a la adquisición aislada de equipamiento militar: debe responder a un pensamiento estratégico nacional, estar vinculada a un proyecto de país y construir capacidades orientadas a la protección de los intereses argentinos.
Desde esa perspectiva, Marcelo destacó la centralidad del planeamiento. Definir qué debe defender la Argentina, frente a qué escenarios y con qué capacidades exige una adecuada conciencia territorial y geoestratégica. La condición bicontinental del país, la extensión de su espacio marítimo, sus recursos estratégicos y la ocupación británica de una parte del territorio nacional convierten al Atlántico Sur en una dimensión insoslayable de cualquier política de defensa.
La exposición abordó también las principales herramientas necesarias para construir un instrumento militar eficaz: recursos humanos profesionalizados, presupuesto sostenido, logística, inteligencia estratégica, capacidades científico-tecnológicas y planificación territorial. Granitto remarcó especialmente que no existe política de defensa posible sin continuidad presupuestaria y sin una conducción política capaz de transformar el planeamiento en capacidades concretas.
La segunda parte estuvo a cargo de Luciano Anzelini, doctor en Ciencias Sociales y exdirector nacional de Planeamiento del Ministerio de Defensa. Su exposición retomó la importancia del planeamiento a partir de una experiencia central de la historia argentina reciente: la Guerra de Malvinas. A través del Informe Rattenbach, mostró cómo los errores de la conducción política y militar, la deficiente evaluación del escenario internacional y las fallas logísticas y operativas terminaron trasladándose a toda la cadena de mando.
Anzelini distinguió, sin embargo, aquellos errores de conducción del desempeño de las tropas argentinas. Recuperó testimonios e informes británicos para destacar el valor, la preparación y la capacidad de combate demostrada por numerosas unidades argentinas, y cuestionó la idea instalada de que el conflicto haya constituido un recorrido sencillo para las fuerzas del Reino Unido.
Desde allí, Luciano llevó la discusión hacia la coyuntura actual y analizó críticamente el proyecto de Ley de Defensa de la Soberanía Nacional enviado por el gobierno de Javier Milei. Señaló que, detrás de un primer título centrado en Malvinas, la iniciativa de 133 artículos introduce modificaciones profundas sobre los sistemas de defensa, seguridad interior e inteligencia. Para Anzelini, el proyecto pone en cuestión el marco jurídico construido desde la recuperación democrática para diferenciar claramente las funciones militares de las tareas de seguridad interior.
Uno de los puntos que destacó fue la contradicción entre la utilización política de la causa Malvinas y el contenido efectivo de la iniciativa. Anzelini observó que el proyecto no menciona al Reino Unido ni la ocupación colonial, mientras impulsa una ampliación de las funciones de las Fuerzas Armadas hacia problemáticas asociadas a la seguridad interior. En su lectura, esta orientación corre el riesgo de avanzar hacia una policialización y desprofesionalización del instrumento militar, justamente en un escenario en el que la Argentina necesita fortalecer sus capacidades para atender desafíos estratégicos como el Atlántico Sur, la Antártida y la defensa de sus recursos.
La primera clase del módulo dejó así planteada una idea central: la defensa nacional requiere mucho más que equipamiento o discursos sobre soberanía. Exige planificación de largo plazo, conducción política, capacidades estatales, desarrollo científico-tecnológico y un instrumento militar profesional orientado por los intereses estratégicos de la Argentina.
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Con la clase “El cambio estructural iniciado por Macri y profundizado por Milei” cerró el módulo de Economía Política y Autonomía Regional de la Diplomatura Universitaria en Formación Política para la Integración Regional Latinoamericana 2026.
La exposición estuvo a cargo de Roberto Feletti, economista, exdiputado nacional y exsecretario de Comercio Interior, quien propuso analizar los últimos diez años de la economía argentina a partir de las transformaciones que exceden a cada gobierno y condicionan las posibilidades de desarrollo hacia el futuro.
Uno de los ejes centrales fue la transformación estructural del salario iniciada durante el gobierno de Mauricio Macri. Feletti señaló que la reducción de retenciones, la devaluación y el aumento de las tarifas acercaron alimentos y energía a precios internacionales, incrementando el peso de esos consumos esenciales sobre los ingresos de los trabajadores. El resultado, sostuvo, fue un debilitamiento persistente del mercado interno que el gobierno del Frente de Todos no consiguió revertir y que la gestión de Javier Milei profundizó.
A este proceso agregó un segundo componente: el retorno del Fondo Monetario Internacional y de una lógica de valorización financiera. El endeudamiento iniciado durante el macrismo no sólo condicionó a los gobiernos posteriores, sino que reinstaló actores y mecanismos que continúan teniendo un peso decisivo sobre la economía argentina. Para Feletti, la combinación entre altas rentas financieras, endeudamiento y salida de capitales constituye uno de los núcleos del cambio estructural de la última década.
Milei profundiza esa orientación mediante un fuerte ajuste del Estado, apertura económica y una estructura productiva cada vez más apoyada en agro, minería y energía, mientras pierden dinamismo la industria, la construcción y el comercio. Feletti advirtió que, en un país profundamente urbanizado, esa transformación plantea consecuencias directas sobre el empleo, los salarios y la capacidad de sostener un entramado productivo complejo.
Sin embargo, la coyuntura actual incorpora una novedad respecto de otras experiencias neoliberales: la creciente disponibilidad de dólares provenientes del sector energético. El desarrollo de Vaca Muerta permite reducir parcialmente la histórica dependencia de las divisas generadas por el agro y abre una oportunidad estratégica. La cuestión, planteó Feletti, es qué hacer con esos recursos: si se destinan a sostener un esquema financiero y exportador o si sirven para reconstruir capacidades estatales, fortalecer la industria y recuperar el mercado interno.
Desde esta perspectiva, sostuvo que un futuro gobierno nacional y popular deberá discutir simultáneamente salarios, regulación de alimentos y energía, acumulación de reservas, deuda externa e inserción internacional. La estabilidad no puede descansar únicamente sobre el ajuste fiscal: requiere capacidad para acumular divisas, administrar el comercio exterior y definir prioridades productivas.
La exposición incluyó también una fuerte reflexión sobre las propias limitaciones del campo nacional y popular. Feletti reivindicó la necesidad de revisar críticamente por qué el Frente de Todos no pudo modificar algunas de las transformaciones heredadas y qué condiciones políticas serán necesarias para hacerlo en una próxima etapa. No alcanza con cambiar de gobierno si permanecen intactas las estructuras que condicionan la distribución del ingreso, la inversión y la autonomía económica.
La clase cerró así el módulo de Economía Política y Autonomía Regional recuperando una pregunta que atravesó sus cuatro encuentros: qué estructura productiva, qué Estado y qué inserción internacional necesita la Argentina para construir un desarrollo con mayor autonomía. Para Feletti, revertir el rumbo iniciado en 2015 exigirá recuperar el salario, orientar los excedentes hacia la producción y reconstruir una estrategia regional capaz de articular especialmente con Brasil.
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Con la clase “La abundancia no alcanza. Recursos naturales, desarrollo y autonomía” continuó el módulo de Economía Política y Autonomía Regional de la Diplomatura Universitaria en Formación Política para la Integración Regional Latinoamericana 2026.
La exposición estuvo a cargo del Dr. Ramiro Bertoni, economista, docente e investigador especializado en política comercial, integración regional y políticas productivas, con una extensa trayectoria en la Comisión Nacional de Comercio Exterior. La clase partió de una pregunta central para la Argentina y América Latina: ¿alcanza con disponer de abundantes recursos naturales para alcanzar el desarrollo y ampliar los márgenes de autonomía?
Para Ramiro, el desarrollo económico continúa siendo una base material indispensable para la autonomía, aunque las condiciones actuales obligan a pensarla de manera más compleja que durante el siglo XX. En un mundo de cadenas globales de producción y creciente competencia geopolítica, la autonomía también se construye mediante relaciones regionales, capacidades tecnológicas y estrategias que permitan mejorar la posición de los países dentro de la economía mundial.
Bertoni cuestionó, en ese sentido, la idea de que participar en las cadenas globales de valor garantice automáticamente un camino hacia el desarrollo. Las actividades de mayor rentabilidad, vinculadas al diseño, la tecnología, las marcas o la comercialización, continúan fuertemente concentradas, mientras muchos países periféricos permanecen en los eslabones de menor valor agregado. El desafío no pasa simplemente por integrarse, sino por construir capacidades propias que permitan apropiarse de conocimiento, tecnología y excedentes.
América Latina enfrenta este problema desde una estructura exportadora todavía fuertemente asociada a los bienes primarios. Frente a ello, Ramiro planteó la necesidad de fortalecer los sistemas nacionales de innovación y las cadenas regionales de valor, con especial atención a la articulación entre Argentina y Brasil. La transición energética, la electromovilidad, el litio, las tierras raras y las capacidades industriales existentes ofrecen campos concretos para pensar una estrategia regional que requiere, necesariamente, Estados con capacidad de conducción.
Uno de los ejes más interesantes de la clase fue la diferencia entre poseer un recurso natural y construir capacidades productivas alrededor de él. Bertoni comparó experiencias como las de Australia y Noruega, que desarrollaron empresas, tecnología y servicios vinculados a la minería y los hidrocarburos, con economías donde la extracción permanece mucho más desconectada del entramado productivo nacional. La alternativa, sostuvo, es entre utilizar los recursos como plataforma para nuevos encadenamientos o reproducir una lógica de enclave.
Desde esa perspectiva, cuestionó el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) por considerar que puede favorecer proyectos con escasos encadenamientos locales si no forma parte de una estrategia productiva más amplia. El régimen, creado por la Ley 27.742, otorga incentivos y garantías de estabilidad a grandes inversiones en sectores como energía, minería e infraestructura; Bertoni puso el foco en la necesidad de discutir qué capacidades nacionales se generan alrededor de esas inversiones y cuánto de la renta permanece disponible para financiar el desarrollo.
La discusión adquiere especial importancia frente a Vaca Muerta, el litio y los nuevos recursos estratégicos argentinos. Para Ramiro, la pregunta no se agota en cuánto puede exportarse: también importa si la energía puede convertirse en una ventaja para la industria, si se desarrollan proveedores y tecnología locales y qué parte de las rentas naturales puede ser orientada hacia nuevas actividades productivas.
La clase dejó así una definición central: la abundancia de recursos abre oportunidades, pero no sustituye una estrategia de desarrollo. Transformar esa riqueza en autonomía requiere capacidad estatal, innovación, apropiación social de parte del excedente y coordinación regional. Como sintetizó Bertoni, disponer de recursos naturales puede ser un punto de partida; el verdadero desafío consiste en evitar que su explotación reproduzca una inserción periférica y convertirlos en una plataforma para transformar la estructura productiva.
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Con la clase “Las mañas neoliberales para intentar ocultar sus propósitos” continuó el módulo de Economía Política y Autonomía Regional de la Diplomatura Universitaria en Formación Política para la Integración Regional Latinoamericana 2026.
La exposición estuvo a cargo del Lic. Mariano Kestelboim, economista, docente e investigador, quien se desempeñó como embajador argentino ante el MERCOSUR y la ALADI entre 2020 y 2024. La clase propuso discutir una idea central del pensamiento económico dominante: la presentación de determinadas decisiones como respuestas exclusivamente técnicas, desvinculadas de los intereses y relaciones de poder que atraviesan a toda política económica.
Mariano recuperó al economista argentino Marcelo Diamand para cuestionar la pretensión de construir una ciencia económica abstracta de las condiciones históricas, sociales y productivas de los países periféricos. Desde esta perspectiva, conceptos como eficiencia, equilibrio o libertad de mercado pueden funcionar como argumentos aparentemente neutrales para legitimar políticas que producen ganadores y perdedores concretos.
Uno de los puntos centrales de la exposición fue el cuestionamiento a la idea de que los mercados funcionan naturalmente bajo condiciones de escasez. Kestelboim sostuvo que buena parte de las economías contemporáneas enfrentan, por el contrario, problemas de sobreproducción y dificultades para distribuir y colocar sus excedentes. Esta diferencia resulta decisiva porque, según planteó, condiciona las respuestas de política económica: frente a una crisis, reducir salarios, gasto y demanda puede profundizar el problema que pretende resolver.
La discusión se extendió también al comercio internacional. A partir de los aportes de Ha-Joon Chang, Mariano señaló que los países actualmente desarrollados construyeron buena parte de sus capacidades mediante protección comercial, intervención estatal, empresas públicas, crédito dirigido y políticas industriales, aunque posteriormente promovieran para los países periféricos recetas basadas en la apertura y la desregulación.
Desde esa perspectiva analizó las políticas económicas implementadas por el gobierno de Javier Milei. Kestelboim interpretó la apertura comercial, la reducción de regulaciones, el ajuste fiscal, las privatizaciones y la retracción estatal como partes de una transformación con efectos distributivos definidos. En su lectura, los sectores vinculados a los recursos naturales, determinados mercados altamente concentrados y el sistema financiero aparecen entre los principales beneficiarios, mientras la industria, el empleo formal y los ingresos de los trabajadores enfrentan mayores dificultades.
Los indicadores presentados durante la clase permitieron profundizar ese diagnóstico a partir de la evolución de la actividad industrial, la utilización de la capacidad instalada, el empleo y los salarios. Mariano puso especial énfasis en el crecimiento de la informalidad y la precarización laboral, que consideró parte de una modificación más amplia de la estructura productiva y distributiva argentina.
Sin embargo, Kestelboim introdujo también una diferencia respecto de anteriores experiencias neoliberales. El crecimiento de las exportaciones energéticas, especialmente a partir del desarrollo de Vaca Muerta, contribuye actualmente a aliviar una de las restricciones históricas de la economía argentina: la disponibilidad de divisas. Esto podría otorgar al programa económico una capacidad de sostenimiento externo mayor a la observada durante la convertibilidad o el gobierno de Mauricio Macri, aun en un contexto de fuerte deterioro social.
La clase volvió así sobre una cuestión central de la economía política: las decisiones económicas nunca son neutrales. Detrás de conceptos presentados como técnicos existen distintas formas de distribuir ingresos, organizar la producción y definir qué sectores orientan el desarrollo. Hacer visibles esos intereses y discutir quiénes ganan y quiénes pierden constituye, precisamente, una condición para recuperar la economía como terreno de debate político y social.
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Con la clase “El ascenso de la derecha radical en el marco de la crisis del ciclo sistémico de acumulación” comenzó el segundo módulo de la Diplomatura Universitaria en Formación Política para la Integración Regional Latinoamericana 2026, dedicado a Economía Política y Autonomía Regional.
La exposición estuvo a cargo del Mg. Ariel Lieutier, economista, docente universitario e investigador del Instituto de Trabajo y Economía de la Fundación Germán Abdala e integrante del Consejo Asesor de OPEIR. La clase propuso tender un puente entre las transformaciones del orden mundial analizadas durante el primer módulo y los procesos económicos, políticos y sociales que explican el avance de las derechas radicales.
Lieutier planteó como punto de partida que el triunfo de Javier Milei en 2023 debe ser comprendido como parte de un fenómeno más amplio. Las explicaciones vinculadas con la inflación, la crisis del gobierno anterior o la coyuntura electoral resultan relevantes, pero insuficientes frente a una tendencia que se manifiesta, con características diferentes, en numerosos países. El ascenso de la derecha radical forma parte de una transformación de alcance global.
Para analizar ese proceso, Ariel recuperó los aportes de Karl Polanyi y Giovanni Arrighi. Desde Polanyi, señaló que el neoliberalismo implicó una remercantilización de la vida social, debilitando instituciones, derechos y mecanismos de protección construidos durante buena parte del siglo XX. El resultado fue una creciente fragmentación social, precariedad laboral e inseguridad económica, condiciones que alimentaron un profundo malestar en amplios sectores de la sociedad.
Desde la perspectiva de Arrighi, vinculó estas transformaciones con la crisis del ciclo sistémico de acumulación liderado por Estados Unidos. El pasaje desde una etapa de expansión productiva hacia otra crecientemente financiarizada, junto con los cambios en la distribución global del ingreso y el ascenso de Asia, contribuyó a generar nuevas tensiones económicas, sociales y geopolíticas. En ese marco, la derecha radical aparece como una de las respuestas políticas al agotamiento del orden neoliberal, aunque su relación con ese orden no sea idéntica en todos los países.
Lieutier destacó justamente esa diferencia. En los países centrales, expresiones como la de Donald Trump cuestionan aspectos de la globalización mediante políticas proteccionistas y discursos antiglobalización. En América Latina, en cambio, las derechas radicales mantienen una relación más pragmática con el neoliberalismo y se enfrentan especialmente a las experiencias nacionales y populares que buscaron limitar sus efectos.
El caso argentino presenta, según Ariel, una particularidad todavía mayor: la radicalización del liberalismo económico constituye un eje estructurador de La Libertad Avanza. De esta manera, el fenómeno combina elementos característicos de la derecha radical global con una profundización de la tradición neoliberal argentina.
Para explicar su emergencia, Lieutier propuso entonces observar tres dimensiones simultáneamente: la crisis macroeconómica marcada por la inflación y la inestabilidad; una crisis estructural, vinculada con las dificultades de la Argentina para encontrar una trayectoria sostenida de desarrollo e inserción internacional desde mediados de la década de 1970; y una crisis sistémica global, atravesada por el debilitamiento del orden económico y político de las últimas décadas.
La clase cerró con una advertencia: reducir el fenómeno a un liderazgo individual o a los resultados de una gestión económica impide comprender su profundidad. Más allá de su evolución electoral, la agenda de la derecha radical ya produjo transformaciones en el debate público argentino y plantea una disputa que excede la macroeconomía para alcanzar las formas de convivencia, los derechos y la organización misma de la sociedad.
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Con la clase “Orden mundial no hegemónico y Seguridad Nacional: desafíos para la política exterior argentina” continuó el módulo de Geopolítica y Orden Mundial de la Diplomatura Universitaria en Formación Política para la Integración Regional Latinoamericana 2026.
La exposición estuvo a cargo de Ezequiel Magnani, doctor en Relaciones Internacionales, docente e investigador especializado en seguridad internacional, defensa y geopolítica del Atlántico Sur, y contó nuevamente con la moderación del exembajador Eduardo Zuain.
Ezequiel propuso partir de una caracterización del escenario internacional actual como un orden no hegemónico, atravesado por la competencia entre grandes potencias y por un debilitamiento creciente de las reglas internacionales. El ascenso de China y la disputa con Estados Unidos configuran un escenario en el que ya no existe un liderazgo indiscutido, aunque las asimetrías de poder continúan condicionando fuertemente a los países con menores capacidades.
Desde esa perspectiva, Magnani puso el foco en la dimensión geopolítica de la transición. Explicó que el bloque liderado por Estados Unidos conserva una estrategia fuertemente marítima, apoyada en el control de océanos, estrechos, rutas comerciales y bases militares. Para la Argentina, esta lógica adquiere una relevancia particular por su condición bicontinental y oceánica, su proximidad a pasos interoceánicos estratégicos y su presencia en el Atlántico Sur y la Antártida.
En ese marco, la ocupación británica de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur fue presentada como uno de los principales desafíos geopolíticos argentinos. Ezequiel remarcó que no se trata únicamente de una disputa territorial, sino de una presencia colonial y militar en una región estratégica para el control marítimo, los recursos naturales y la proyección antártica.
Por eso planteó la necesidad de desarrollar una política oceánica integral, capaz de articular defensa, diplomacia, infraestructura, energía, pesca y desarrollo patagónico. Esa estrategia, sostuvo, debe partir de los intereses nacionales y evitar cualquier lógica de alineamiento incondicional que termine reduciendo los márgenes de autonomía de la Argentina.
La integración regional apareció entonces como una herramienta central. Magnani destacó la importancia de coordinar con Brasil, Chile y Uruguay, no sólo desde la solidaridad con la causa Malvinas, sino a partir de intereses materiales compartidos. La estabilidad del Atlántico Sur, la protección de los recursos marítimos y la presencia de potencias extrarregionales afectan al conjunto del Cono Sur.
La clase permitió así vincular la transformación del orden mundial con los desafíos concretos de la política exterior argentina. En un escenario de mayor competencia entre potencias, la autonomía requiere presencia territorial, capacidad estatal, integración regional y una definición clara de los intereses nacionales.
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Con la clase “Del consenso de Washington a un mundo en transición: dependencia y desarrollo en el nuevo escenario internacional” cerró el módulo de Geopolítica y Orden Mundial de la Diplomatura Universitaria en Formación Política para la Integración Regional Latinoamericana 2026.
La exposición estuvo a cargo del Dr. Juan Manuel Padín, subsecretario de Relaciones Internacionales e Interjurisdiccionales de la Provincia de Buenos Aires, y contó con la moderación del exembajador Eduardo Zuain. La clase propuso recuperar una discusión que durante años perdió centralidad en el debate público argentino: qué significa desarrollarse y qué capacidades necesita un país para transformar su estructura productiva y reducir sus márgenes de dependencia.
Padín reconstruyó el tránsito desde las estrategias desarrollistas de mediados del siglo XX hacia la globalización neoliberal que comenzó a consolidarse en la década de 1970. Frente a un modelo donde el Estado planificaba, promovía la industrialización, orientaba el crédito y buscaba modificar una inserción internacional asentada fundamentalmente en la producción de materias primas, el nuevo paradigma fue debilitando esas capacidades y trasladando cada vez más las decisiones productivas hacia las grandes corporaciones.
Ese proceso modificó también la propia idea de desarrollo. La construcción de una estructura productiva diversificada fue reemplazada por la búsqueda de condiciones atractivas para los capitales internacionales y la inserción en determinados eslabones de las cadenas globales de valor. Para Juan Manuel, esta transformación profundizó una relación de dependencia productiva, tecnológica y financiera, en la medida en que decisiones centrales para las economías nacionales comenzaron a definirse crecientemente fuera de ellas. El resultado fue también una mayor financiarización, concentración de la riqueza y pérdida de capacidad de intervención de los Estados.
Sin embargo, ese orden comenzó a mostrar sus límites. La crisis de la globalización neoliberal, el ascenso de China, las tensiones comerciales y el retorno de políticas industriales en las propias potencias centrales muestran que muchas de las reglas presentadas durante décadas como universales están siendo abandonadas por quienes las promovieron. El mundo ya no es el del Consenso de Washington, pero tampoco existe todavía un nuevo modelo consolidado.
Para Padín, esa transición abre una oportunidad para volver a discutir el desarrollo argentino desde nuevas coordenadas. La Argentina cuenta con recursos energéticos y minerales estratégicos, capacidades industriales, trabajadores calificados y un sistema científico-tecnológico sobre el cual apoyarse. Pero disponer de esos recursos no garantiza por sí mismo el desarrollo: la cuestión decisiva es quién los controla, cómo se los articula con el entramado productivo nacional y qué capacidades se construyen a partir de ellos.
En ese marco, la discusión sobre el Estado vuelve a ocupar un lugar central. Superar una inserción dependiente requiere capacidad para planificar, seleccionar sectores estratégicos, orientar el crédito, desarrollar tecnología y establecer condiciones al capital privado. Padín planteó además que esa transformación debe ir acompañada por una sociedad más organizada y una democracia más vigorosa, en la que los trabajadores y los sectores populares recuperen un papel estructural en la discusión sobre cómo se produce y cómo se distribuye la riqueza.
La clase dejó así planteada una cuestión decisiva: la crisis del viejo orden internacional no garantiza por sí sola mayores márgenes de autonomía. La oportunidad existe, pero aprovecharla exige definir qué modelo de país y qué tipo de sociedad quiere construir la Argentina, qué lugar pretende ocupar en la economía mundial y qué dependencias necesita transformar para convertir nuevamente al desarrollo en un proyecto nacional.
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Con la clase “¿Camino a un nuevo orden mundial?” continuó el módulo de Geopolítica y Orden Mundial de la Diplomatura Universitaria en Formación Política para la Integración Regional Latinoamericana 2026.
La exposición estuvo a cargo de Carlos Raimundi, abogado, docente universitario, exdiputado nacional, exparlamentario del MERCOSUR y exembajador argentino ante la Organización de Estados Americanos (OEA), y contó nuevamente con la moderación del exembajador Eduardo Zuain.
Desde el comienzo, la jornada estuvo atravesada por una pregunta central: si el orden internacional que estructuró las últimas décadas se encuentra agotado, qué características puede asumir el nuevo sistema mundial que está emergiendo y qué lugar puede ocupar América Latina dentro de esa transformación.
Raimundi planteó que el mundo atraviesa un momento especialmente delicado: el orden surgido tras el final de la Guerra Fría muestra signos crecientes de agotamiento, mientras todavía no se consolidaron las reglas y equilibrios capaces de reemplazarlo. Con la disolución de la Unión Soviética, el capitalismo occidental encabezado por Estados Unidos presentó a la democracia liberal y la economía de mercado como los principios organizadores de un sistema que aspiraba a proyectarse globalmente.
Sin embargo, esa aparente unipolaridad no eliminó las desigualdades estructurales entre el Norte y el Sur Global. Raimundi señaló entre las principales transformaciones de las últimas décadas la creciente financiarización de las economías occidentalesy la relocalización de importantes capacidades productivas hacia Asia. Mientras Estados Unidos profundizaba el peso de las finanzas, China combinó apertura económica, incorporación de inversiones y tecnologías extranjeras con una fuerte capacidad estatal de planificación.
La disputa contemporánea, sostuvo, no puede comprenderse únicamente como una competencia entre Estados. También expresa una controversia entre diferentes modelos de gobernanza, distintas formas de organizar la relación entre Estado, economía, tecnología y sociedad. El crecimiento de China y de otros centros de poder está modificando progresivamente una estructura internacional que durante décadas estuvo dominada por las potencias occidentales.
La tecnología ocupa un lugar decisivo dentro de esa transformación. La inteligencia artificial, las telecomunicaciones y las nuevas tecnologías digitales constituyen un terreno central de competencia, pero Raimundi remarcó que esa disputa conserva una base profundamente material: la inteligencia artificial necesita energía, cobre, litio, minerales críticos, agua, infraestructura física y redes de comunicaciones. La competencia tecnológica está, por lo tanto, estrechamente vinculada con el control de territorios, recursos naturales, cadenas de suministro e infraestructuras estratégicas.
La emergencia de nuevos centros de poder fue presentada como parte de una transición hacia una posible multipolaridad. China, Rusia, India, Turquía, Irán y otras potencias expresan trayectorias históricas y culturales diferentes de las occidentales. Para Raimundi, un orden verdaderamente multipolar debería reconocer esa diversidad sin pretender imponer un único modelo político, económico o cultural.
Esto no supone trasladar automáticamente esas experiencias a la Argentina ni reemplazar una subordinación por otra. El desafío pasa por recuperar capacidad de decisión propia y construir relaciones internacionales que permitan diversificar vínculos sin renunciar a la autonomía.
Eduardo Zuain sintetizó tres dimensiones fundamentales de este escenario: la disputa por los recursos naturales, la competencia por el liderazgo tecnológico y la aparición de un sistema internacional con múltiples centros de poder. A partir de allí planteó la pregunta que orientó la segunda parte de la clase: dónde debe ubicarse América Latina frente a esa transición y qué estrategia debería adoptar la Argentina.
Raimundi sostuvo que la región tiene frente a sí una oportunidad, pero que aprovecharla exige construir una lectura propia del escenario internacional. En un mundo atravesado por la competencia entre grandes potencias, América Latina necesita evitar alineamientos automáticos y reconstruir mecanismos de integración capaces de transformar sus recursos, mercados y capacidades productivas en instrumentos de poder y negociación.
En ese marco formuló una fuerte crítica a la política exterior del gobierno de Javier Milei. Cuestionó especialmente la decisión argentina de no incorporarse a los BRICS y el alineamiento privilegiado con Estados Unidos e Israel, así como el deterioro de las relaciones con distintos gobiernos latinoamericanos. Para Raimundi, ese rumbo reduce los márgenes de autonomía argentina y debilita la integración regional precisamente cuando la fragmentación disminuye la capacidad de negociación de nuestros países.
Frente a este escenario, planteó la necesidad de recuperar una política exterior soberana e integrada regionalmente, reconstruir los vínculos latinoamericanos y diversificar las relaciones internacionales a partir de los intereses nacionales. La autonomía, en este sentido, no fue presentada como aislamiento, sino como capacidad para relacionarse con diferentes actores sin quedar subordinados a ninguno.
La discusión volvió así sobre un eje fundamental para la Diplomatura: la política internacional no constituye una dimensión separada de la política nacional. Las decisiones sobre alianzas, tecnología, energía, recursos naturales, comercio o financiamiento repercuten directamente sobre las posibilidades de desarrollo de la Argentina. En esa línea, Raimundi recuperó una idea central del pensamiento de Juan Domingo Perón: la política internacional constituye una dimensión decisiva de la conducción política.
La transición hacia un nuevo orden mundial no garantiza por sí misma mayores niveles de autonomía. Para que la multipolaridad represente una oportunidad, la Argentina y América Latina deberán reconstruir sus vínculos regionales, fortalecer sus capacidades soberanas y definir con claridad cuáles son los intereses que pretenden defender en un escenario global cada vez más disputado.
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Con la clase “La larga década de crisis de la integración latinoamericana. La urgencia de una nueva visión para la política exterior hacia la región”, comenzó el primer módulo de la Diplomatura Universitaria en Formación Política para la Integración Regional Latinoamericana 2026, dedicado a Geopolítica y Orden Mundial.
La exposición estuvo a cargo del Mg. Santiago Lombardi Bouza, diplomático de carrera, docente e investigador, y fue moderada por el ex-embajador Eduardo Zuain, quien abrió la jornada destacando que la integración constituye una condición fundamental para fortalecer la inserción internacional argentina. Frente a un escenario global atravesado por crecientes disputas de poder, sostuvo que la Argentina incrementa su capacidad de negociación cuando actúa junto a mecanismos regionales como el MERCOSUR o la CELAC y planteó la necesidad de avanzar desde la integración entre Estados hacia una verdadera integración entre los pueblos.
Lombardi Bouza propuso como punto de partida realizar un balance de la experiencia regional de las últimas décadas. Uno de los ejemplos centrales fue la pandemia de COVID-19, que dejó expuestas las consecuencias concretas de la desarticulación sudamericana. Mientras otras subregiones de América Latina y el Caribe desarrollaron mecanismos de coordinación, compras conjuntas y movilización de recursos, América del Sur atravesó la emergencia con una marcada fragmentación política e institucional.
La pandemia permitió mostrar que la integración regional constituye mucho más que una discusión diplomática. La posibilidad de negociar conjuntamente medicamentos o vacunas, coordinar políticas sanitarias o desarrollar capacidades regionales habría permitido ampliar el poder de negociación de los países y reducir costos. En ese sentido, Lombardi señaló los costos de oportunidad de la desintegración y llamó a vincular las grandes discusiones de política exterior con sus consecuencias sobre la vida cotidiana de las sociedades.
La exposición situó esta crisis regional dentro de una transformación más amplia del sistema internacional. El proceso de globalización característico de las décadas anteriores atraviesa una etapa de fragmentación en la que los Estados recuperan capacidad de intervención sobre sectores considerados estratégicos. Cadenas de suministros, medicamentos, semiconductores, energía, minerales críticos y capacidades industriales comenzaron a ser evaluados desde criterios de seguridad y autonomía además de los tradicionales parámetros de eficiencia económica.
Al mismo tiempo, la crisis del multilateralismo y el creciente carácter transaccional de las relaciones internacionales modificaron las condiciones en las que deben actuar los países del Sur Global. Lombardi recordó que, pese a sus desigualdades históricas, las reglas multilaterales y el derecho internacional siguen constituyendo instrumentos fundamentales para aquellos Estados que carecen de las capacidades materiales de las grandes potencias.
En ese contexto apareció uno de los interrogantes centrales de la jornada: qué significa la multipolaridad para América Latina. Si durante años la emergencia de distintos polos de poder fue concebida como una oportunidad para ampliar los márgenes de autonomía, el escenario contemporáneo obliga a introducir nuevos matices. La consolidación de áreas de influencia y la creciente competencia entre grandes potencias también pueden reducir los márgenes de maniobra de los países latinoamericanos si la región enfrenta esas transformaciones de manera fragmentada.
Por esta razón, Lombardi sostuvo que la política exterior argentina necesita identificar con precisión sus vulnerabilidades y desarrollar estrategias para administrarlas. Los recursos naturales, el espacio marítimo, las telecomunicaciones, los datos, la infraestructura y la soberanía tecnológica forman parte de una agenda internacional que exige mayor planificación estratégica y capacidad de coordinación regional.
La segunda parte de la clase estuvo concentrada en las bases materiales que podrían sostener una nueva etapa de integración sudamericana. Tanto Lombardi como Zuain recuperaron los avances políticos alcanzados durante los primeros años del siglo XXI y el valor que tuvieron experiencias como la UNASUR para construir herramientas propias de concertación y resolución de conflictos. Sin embargo, también señalaron las limitaciones de un proceso cuya institucionalidad resultó demasiado vulnerable frente a los cambios de orientación política de los gobiernos.
La experiencia de aquellos años dejó así una enseñanza central: la afinidad política puede impulsar la integración, pero difícilmente pueda garantizar por sí sola su permanencia. Para construir mecanismos más resistentes resulta indispensable desarrollar intereses concretos, entramados productivos e interdependencias que vinculen de manera duradera a las sociedades y sus economías.
El vínculo entre Argentina y Brasil ocupó un lugar destacado en esta discusión. La integración automotriz constituyó históricamente uno de los principales ejemplos de cómo el comercio administrado puede producir cadenas de proveedores, empleo calificado y especialización productiva entre ambos países. Sin embargo, las transformaciones tecnológicas obligan actualmente a pensar una nueva generación de acuerdos.
La expansión de la electromovilidad fue presentada como un caso emblemático. La Argentina posee recursos estratégicos como el litio y capacidad para abastecer de energía a la industria brasileña, mientras Brasil representa una de las principales plataformas industriales de la región. Articular esas capacidades podría permitir una participación sudamericana más competitiva en las nuevas cadenas globales de producción. De lo contrario, la región corre el riesgo de observar desde afuera la transformación de una industria que durante décadas resultó fundamental para su estructura productiva.
La infraestructura regional apareció como otro de los desafíos pendientes. Corredores bioceánicos, conexiones con los puertos del Pacífico, integración energética y reducción de costos logísticos adquieren una importancia creciente en un mundo donde las principales rutas comerciales también están atravesadas por conflictos geopolíticos. Pero cualquier estrategia de infraestructura, advirtió Lombardi, conduce necesariamente a una pregunta decisiva: cómo se financia la integración, quién la financia y bajo qué prioridades.
La cuestión de las Islas Malvinas y el Atlántico Sur permitió incorporar otra dimensión estratégica del regionalismo. Lombardi sostuvo que la recuperación del respaldo efectivo de los países sudamericanos constituye una herramienta indispensable para fortalecer la posición argentina frente al Reino Unido. La explotación de hidrocarburos, los recursos marítimos, la proyección antártica y el soporte logístico a la presencia británica muestran que Malvinas debe ser comprendida dentro de una disputa geopolítica mucho más amplia. Volver a convertir la defensa de la soberanía argentina en una causa sudamericana fue planteado como una prioridad para una futura política exterior.
Durante el intercambio con las y los participantes también se abordaron la protección regional de los bienes naturales, el desarrollo minero, la preservación ambiental y las relaciones entre Argentina y Brasil. Allí volvió a aparecer una idea que atravesó toda la jornada: reconstruir la integración exige superar tanto la mera retórica como la expectativa de reproducir exactamente las experiencias del pasado.
Lombardi propuso concentrarse en objetivos programáticos concretos y alcanzables capaces de demostrar a las sociedades que la integración puede mejorar efectivamente sus condiciones de vida. Energía, fertilizantes, minerales críticos, electromovilidad, infraestructura y cadenas productivas pueden constituirse en proyectos capaces de volver a generar intereses compartidos entre los países de la región.
Al cerrar la jornada, Eduardo Zuain sintetizó uno de los principales desafíos que dejó planteada la primera clase de la Diplomatura: frente a las transformaciones experimentadas por América Latina y por el sistema internacional durante la última década, “el verbo no es restaurar, sino crear”.
Pensar una nueva política exterior hacia la región implica entonces recuperar las mejores experiencias de integración del pasado y, al mismo tiempo, reconocer que el escenario internacional, las estructuras productivas y las relaciones de poder han cambiado. El desafío consiste en construir una integración capaz de asentarse sobre intereses materiales compartidos, fortalecer la autonomía regional y volver a convertir a América del Sur en un espacio desde el cual nuestros países puedan proyectarse conjuntamente hacia el mundo.
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