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Diplomatura 2026 – 1º Clase

Con la clase “La larga década de crisis de la integración latinoamericana. La urgencia de una nueva visión para la política exterior hacia la región”, comenzó el primer módulo de la Diplomatura Universitaria en Formación Política para la Integración Regional Latinoamericana 2026, dedicado a Geopolítica y Orden Mundial.

La exposición estuvo a cargo del Mg. Santiago Lombardi Bouza, diplomático de carrera, docente e investigador, y fue moderada por el ex-embajador Eduardo Zuain, quien abrió la jornada destacando que la integración constituye una condición fundamental para fortalecer la inserción internacional argentina. Frente a un escenario global atravesado por crecientes disputas de poder, sostuvo que la Argentina incrementa su capacidad de negociación cuando actúa junto a mecanismos regionales como el MERCOSUR o la CELAC y planteó la necesidad de avanzar desde la integración entre Estados hacia una verdadera integración entre los pueblos.

Lombardi Bouza propuso como punto de partida realizar un balance de la experiencia regional de las últimas décadas. Uno de los ejemplos centrales fue la pandemia de COVID-19, que dejó expuestas las consecuencias concretas de la desarticulación sudamericana. Mientras otras subregiones de América Latina y el Caribe desarrollaron mecanismos de coordinación, compras conjuntas y movilización de recursos, América del Sur atravesó la emergencia con una marcada fragmentación política e institucional.

La pandemia permitió mostrar que la integración regional constituye mucho más que una discusión diplomática. La posibilidad de negociar conjuntamente medicamentos o vacunas, coordinar políticas sanitarias o desarrollar capacidades regionales habría permitido ampliar el poder de negociación de los países y reducir costos. En ese sentido, Lombardi señaló los costos de oportunidad de la desintegración y llamó a vincular las grandes discusiones de política exterior con sus consecuencias sobre la vida cotidiana de las sociedades.

La exposición situó esta crisis regional dentro de una transformación más amplia del sistema internacional. El proceso de globalización característico de las décadas anteriores atraviesa una etapa de fragmentación en la que los Estados recuperan capacidad de intervención sobre sectores considerados estratégicos. Cadenas de suministros, medicamentos, semiconductores, energía, minerales críticos y capacidades industriales comenzaron a ser evaluados desde criterios de seguridad y autonomía además de los tradicionales parámetros de eficiencia económica.

Al mismo tiempo, la crisis del multilateralismo y el creciente carácter transaccional de las relaciones internacionales modificaron las condiciones en las que deben actuar los países del Sur Global. Lombardi recordó que, pese a sus desigualdades históricas, las reglas multilaterales y el derecho internacional siguen constituyendo instrumentos fundamentales para aquellos Estados que carecen de las capacidades materiales de las grandes potencias.

En ese contexto apareció uno de los interrogantes centrales de la jornada: qué significa la multipolaridad para América Latina. Si durante años la emergencia de distintos polos de poder fue concebida como una oportunidad para ampliar los márgenes de autonomía, el escenario contemporáneo obliga a introducir nuevos matices. La consolidación de áreas de influencia y la creciente competencia entre grandes potencias también pueden reducir los márgenes de maniobra de los países latinoamericanos si la región enfrenta esas transformaciones de manera fragmentada.

Por esta razón, Lombardi sostuvo que la política exterior argentina necesita identificar con precisión sus vulnerabilidades y desarrollar estrategias para administrarlas. Los recursos naturales, el espacio marítimo, las telecomunicaciones, los datos, la infraestructura y la soberanía tecnológica forman parte de una agenda internacional que exige mayor planificación estratégica y capacidad de coordinación regional.

La segunda parte de la clase estuvo concentrada en las bases materiales que podrían sostener una nueva etapa de integración sudamericana. Tanto Lombardi como Zuain recuperaron los avances políticos alcanzados durante los primeros años del siglo XXI y el valor que tuvieron experiencias como la UNASUR para construir herramientas propias de concertación y resolución de conflictos. Sin embargo, también señalaron las limitaciones de un proceso cuya institucionalidad resultó demasiado vulnerable frente a los cambios de orientación política de los gobiernos.

La experiencia de aquellos años dejó así una enseñanza central: la afinidad política puede impulsar la integración, pero difícilmente pueda garantizar por sí sola su permanencia. Para construir mecanismos más resistentes resulta indispensable desarrollar intereses concretos, entramados productivos e interdependencias que vinculen de manera duradera a las sociedades y sus economías.

El vínculo entre Argentina y Brasil ocupó un lugar destacado en esta discusión. La integración automotriz constituyó históricamente uno de los principales ejemplos de cómo el comercio administrado puede producir cadenas de proveedores, empleo calificado y especialización productiva entre ambos países. Sin embargo, las transformaciones tecnológicas obligan actualmente a pensar una nueva generación de acuerdos.

La expansión de la electromovilidad fue presentada como un caso emblemático. La Argentina posee recursos estratégicos como el litio y capacidad para abastecer de energía a la industria brasileña, mientras Brasil representa una de las principales plataformas industriales de la región. Articular esas capacidades podría permitir una participación sudamericana más competitiva en las nuevas cadenas globales de producción. De lo contrario, la región corre el riesgo de observar desde afuera la transformación de una industria que durante décadas resultó fundamental para su estructura productiva.

La infraestructura regional apareció como otro de los desafíos pendientes. Corredores bioceánicos, conexiones con los puertos del Pacífico, integración energética y reducción de costos logísticos adquieren una importancia creciente en un mundo donde las principales rutas comerciales también están atravesadas por conflictos geopolíticos. Pero cualquier estrategia de infraestructura, advirtió Lombardi, conduce necesariamente a una pregunta decisiva: cómo se financia la integración, quién la financia y bajo qué prioridades.

La cuestión de las Islas Malvinas y el Atlántico Sur permitió incorporar otra dimensión estratégica del regionalismo. Lombardi sostuvo que la recuperación del respaldo efectivo de los países sudamericanos constituye una herramienta indispensable para fortalecer la posición argentina frente al Reino Unido. La explotación de hidrocarburos, los recursos marítimos, la proyección antártica y el soporte logístico a la presencia británica muestran que Malvinas debe ser comprendida dentro de una disputa geopolítica mucho más amplia. Volver a convertir la defensa de la soberanía argentina en una causa sudamericana fue planteado como una prioridad para una futura política exterior.

Durante el intercambio con las y los participantes también se abordaron la protección regional de los bienes naturales, el desarrollo minero, la preservación ambiental y las relaciones entre Argentina y Brasil. Allí volvió a aparecer una idea que atravesó toda la jornada: reconstruir la integración exige superar tanto la mera retórica como la expectativa de reproducir exactamente las experiencias del pasado.

Lombardi propuso concentrarse en objetivos programáticos concretos y alcanzables capaces de demostrar a las sociedades que la integración puede mejorar efectivamente sus condiciones de vida. Energía, fertilizantes, minerales críticos, electromovilidad, infraestructura y cadenas productivas pueden constituirse en proyectos capaces de volver a generar intereses compartidos entre los países de la región.

Al cerrar la jornada, Eduardo Zuain sintetizó uno de los principales desafíos que dejó planteada la primera clase de la Diplomatura: frente a las transformaciones experimentadas por América Latina y por el sistema internacional durante la última década, “el verbo no es restaurar, sino crear”.

Pensar una nueva política exterior hacia la región implica entonces recuperar las mejores experiencias de integración del pasado y, al mismo tiempo, reconocer que el escenario internacional, las estructuras productivas y las relaciones de poder han cambiado. El desafío consiste en construir una integración capaz de asentarse sobre intereses materiales compartidos, fortalecer la autonomía regional y volver a convertir a América del Sur en un espacio desde el cual nuestros países puedan proyectarse conjuntamente hacia el mundo.

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